MORO IPOLA,MILAGROS
Entre las páginas de La vida escolar de los adolescentes romanos va a encontrar a profesores poco (o nada) motivados, mal formados y peor pagados; a alumnos capaces de hacer cualquier cosa con tal de no asistir a las monótonas y aburridas lecciones de sus maestros; a padres que piensan que la educación de sus hijos es algo en lo que no vale mucho la pena la inversión de tiempo o dinero, o a los que, por el contrario, trasladan y exigen al docente toda la responsabilidad que a ellos, como progenitores, les corresponde; a un Estado que se desentiende de la formación de niños y adolescentes; y a una sociedad que considera que, con alguna excepción, dedicarse a la enseñanza es como descender al inframundo del mundo laboral y social.
¿Le resultan familiares todas estas situaciones?
Seguramente su respuesta será afirmativa.
Lamentablemente porque todo lo descrito más arriba no refleja el panorama educativo del siglo XXI sino el de hace veintiún siglos y eso significa que poco hemos cambiado en algunas cosas a lo largo de estos dos mil años que nos separan de la Antigua Roma.
La vida escolar de